
El desarrollo sexual es una fibra central de toda la experiencia adolescente, y subyacente a él está la maduración biológica, que comienza al principio de la pubertad y continúa durante 3 ó 4 años, al menos. Sin embargo, el desarrollo sexual no sólo implica cambio biológico, sino también crecimiento y maduración en los mundos social y emocional de las personas jóvenes.
En la sexualidad adolescente influyen diversos factores; estos pueden ser internos, como por ejemplo la tasa de maduración pubescente, o externos, como el tipo de familia y el barrio, y el clima político de la época. El desarrollo de la sexualidad de los jóvenes puede constituir una fuente de ansiedad considerable, tanto para los propios adolescentes como para los adultos responsables de su atención o educación.
Cambio de patrones del comportamiento sexual
Hay una creencia general de que la permisividad sexual alcanzó su punto culminante en la década de 1960 y que, más recientemente, los jóvenes han mostrado mayor moderación y una actitud más conservadora hacia el comportamiento sexual. Antes de centrarnos en esta cuestión, debemos advertir que los datos disponibles sobre el comportamiento sexual de los adolescentes son limitados.
Además, es evidente que los métodos para el estudio del comportamiento sexual adolescente tienen serias limitaciones. Por ejemplo, los resultados de una investigación que entrevistó a adolescentes en más de una ocasión muestran que un 67% de los jóvenes en el estudio no informó de manera coherente sobre el momento de su primera relación sexual (ALEXANDER y cols., 1993).
En el estudio más extenso de los que se han llevado a cabo en Gran Bretaña, que también es el más reciente, WELLINGS y cols.(1994) entrevistaron a 18.000 adultos y jóvenes mayores de 16 años. Si consideramos la cantidad de individuos que comunican haber tenido relaciones sexuales antes de los 16 años de edad, podemos ver grandes diferencias entre los grupos de edad.Las cifras en la Tabla 6.1 muestran que cuanto más joven es el individuo, más probable es que haya practicado el sexo antes de los 16 años.
Otro cambio señalado por algunos comentaristas es la posibilidad de que los jóvenes tomen parte actualmente en una gama más amplia de comportamientos sexuales de lo que acontecía en decenios anteriores. Así, por ejemplo, la práctica del sexo oral parece estar muy difundida entre los adolescentes, y ha habido un cambio en las actitudes anteriormente negativas hacia el comportamiento sexual menos convencional. En el estudio de FORD y MORGAN (1989), los autores comunicaron que, entre los jóvenes de 18 años, el 46% de los varones y el 28% de las mujeres habían practicado el sexo oral con compañeros casuales. Las cifras correspondientes para compañeros regulares o estables eran 56% y 58%. En otro estudio británico, BREAKWELL y FIFE-SHAW (1992) encontraron que el 9% de su muestra, que tenía entre 16 y 20 años de edad, había practicado el sexo anal. Estudios en Australia muestran que, entre los grupos vulnerables, como los que carecen de hogar, las tasas de prácticas sexuales como estas son mucho más altas (MOORE y ROSENTHAL, 1998). Otra perspectiva sobre los cambios en el comportamiento sexual puede obtenerse a partir de las estadísticas sobre las cifras de embarazo adolescente. Sin embargo, estas tasas no nos hablan realmente sobre el nivel de actividad sexual, puesto que el uso, o la falta de uso, de anticonceptivos es claramente el factor determinante aquí.

Sin embargo, donde se han producido cambios, ha sido en la cantidad de abortos realizados en las jóvenes de este grupo de edad. El número de interrupciones del embarazo ha aumentado gradualmente con los años, de manera que actualmente sólo el 50% de las concepciones de jóvenes menores de 16 años llevan a la maternidad.
El contexto y el momento del comportamiento sexual adolescente
Puede parecer obvio, pero es importante afirmar que el comportamiento sexual de los jóvenes tiene lugar en el contexto de las actitudes y la conducta del adulto. En gran parte del debate público sobre este tema, los comentaristas y las autoridades en la materia dan la impresión de pensar que los adolescentes están de algún modo aislados o separados de lo que sucede en el resto de la sociedad. Se les culpa por tener actitudes permisivas, o por establecer contactos sexuales casuales sin considerar las consecuencias.
Los jóvenes ven material sexual en la televisión, las películas y los vídeos, en las vallas publicitarias y en las revistas de adolescentes. Un aspecto muy importante es que tienen noticia de adultos que les rodean, sea en la familia o en el barrio, que tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio. Pueden ver que los adultos persiguen la gratificación sexual sin considerar siempre las consecuencias, que ponen la satisfacción sexual en un lugar alto en su lista de metas personales y, lógicamente, a los jóvenes les influye esta experiencia. Creer que los adolescentes viven de algún modo en un mundo propio es poco realista e inútil. No podremos comprender la sexualidad adolescente a menos que reconozcamos el contexto en el que se produce y admitamos las importantes influencias de la sociedad adulta.

De la serie de factores sociales que influyen en la sexualidad del joven, quizá es la familia el que se debería considerar primero. Autores como KATCHADOURIAN (1990), MOORE y ROSENTHAL (1995) y TARIS y SEMIN (1997) han resumido los aspectos en que los padres y otros miembros de la familia influyen en los jóvenes en este ámbito. En primer lugar, los padres tienen actitudes sobre la sexualidad. Estas se pueden relacionar con el cuerpo y sus funciones; pueden ser posiciones sobre la intimidad, el placer, la vergüenza y la culpa y, por supuesto, sobre la naturaleza de las relaciones íntimas. Los padres tendrán también actitudes sobre el género, incluidos aspectos como los roles sexuales, la distribución del poder y la comunicación entre los hombres y las mujeres. Todas estas disposiciones parentales influirán en el modo en que el niño o la niña se desarrolla sexualmente. Además de las actitudes, los padres representan también modelos de rol para los jóvenes. Así, la manera en que la madre y el padre se relacionan entre sí; cómo se ocupan de la toma de decisiones; el trato que se dispensan mutuamente y la forma en que se comportan sexualmente ofrecerán poderosos modelos que influirán sin duda en los hijos.
TARIS y SEMIN (1997) nos recuerdan que también hay otros aspectos en los que los padres pueden influir. En algunas circunstancias, y con respecto a ciertas cuestiones, ellos pueden ser los educadores sexuales más efectivos, especialmente si son abiertos sin ser entrometidos, y están dispuestos a tratar el orden del día del joven, en lugar del suyo. Como hemos señalado antes, pueden ofrecer control y supervisión, ayudando a los adolescentes a retrasar la participación en la actividad sexual. Por otra parte, pueden dejarles establecer sus propios límites y tomar sus propias decisiones sobre el ritmo de su desarrollo sexual.
Por último, al examinar la cuestión de las influencias sobre el comportamiento sexual, es importante considerar el papel de la comunicación. Como todos sabemos, el tema del sexo puede ser sumamente embarazoso, especialmente para los jóvenes. Muchos simpatizarán con esta muchacha que recuerda el intento de su madre de hablarle seriamente sobre la materia:
“Debe haber sido cuando lo estábamos dando en la escuela. Recuerdo que un día iba yo andando por el camino cuando mi madre me dijo: ‘¿De modo que ahora ya sabes cómo hacerlo?’ Así que, bueno, le dije que ya lo sabía, ¿sabes?, porque lo sabía. Entonces ella me respondió: ‘Ahora lo sabes bien, y todo eso’. Yo estaba muy cortada, y le decía: ‘psá’, así, e intentaba cambiar de tema. Y ella insistía: ‘De modo que sabes cómo hacer un niño, y cómo cuidar un niño’ y todas esas tonterías. Así que le dije: ‘Sí mamá’, e intenté cambiar de tema todo el rato”. (COLEMAN, 1995, pág. 3.)
La comunicación sobre el tema de la sexualidad ha sido el centro de varios estudios. MOORE y ROSENTHAL (1991) realizaron un trabajo en Australia que comparaba la comunicación con los padres y los compañeros. En esta investigación, se encontró que el 69% de los jóvenes sexualmente activos sentían que podían hablar sobre cualquier preocupación que tuvieran con sus amigos, mientras que sólo el 33% opinaba de esta manera respecto a hablar de problemas sexuales con su madre, y menos incluso (un 15%) se sentía capaz de conversar sobre estas cuestiones con su padre. Se comunicaron porcentajes similares para las conversaciones sobre anticoncepción. Sin embargo, los autores advierten que en cuanto a la oferta de ayuda práctica, como visitar una clínica de salud sexual, los amigos no eran un recurso tan importante. Sólo un 22% comunicó haber solicitado a un amigo que le acompañara a un médico o le ayudara de una manera práctica.
Aventura amorosa e intimidad
Una de las críticas que a veces se dirige a los investigadores académicos comprometidos en el estudio de la sexualidad juvenil es que se otorga demasiada importancia a la conducta (en quién ha hecho qué a qué edad) y hay demasiado poco interés sobre el significado de las relaciones sexuales. Por tanto, es importante prestar alguna atención a las ideas de amor, aventura amorosa e intimidad. Esto es especialmente cierto, ya que sabemos, que en la vida de una persona joven, una experiencia de amor apasionado, o un compromiso ardiente en una relación íntima, se pueden convertir en el hecho más importante.
Para ERIKSON, la intimidad implica apertura, compartir, confianza y compromiso. Así, una experiencia de intimidad contribuye al desarrollo de la identidad y la madurez, a través de las oportunidades para la exploración de sí mismo. La relación íntima permite a la persona joven levantar un espejo ante él/ella misma, aun cuando sea distorsionado, y experimentar además un sentimiento de extraordinaria proximidad a otro, que debe repetir en alguna manera el contacto entre madre e hijo en la lactancia. Quizá por esta razón enamorarse durante los años adolescentes tiene una intensidad diferente de la experimentada en la edad adulta.
HATFIELD y SPERCHER (1986) diseñaron una Escala de Amor Apasionado (Pasionate Love Scale), mientras que LEVESQUE (1993) construyó un Índice de la Experiencia Amorosa (Love Experience Index). Ambos instrumentos se han utilizado para explorar los componentes del amor en la adolescencia, y los dos han llegado a ideas similares. Así, por ejemplo, ambos incluyen medidas de júbilo, activación sexual y la necesidad de proximidad y aceptación por el ser amado, y además una dimensión de dolor y angustia cuando se producen dificultades. Adoptando un enfoque algo diferente, FEIRING (1996) consideró las experiencias de aventura amorosa en una muestra de jóvenes de 15 años. Este estudio comunicó algunos hallazgos interesantes. En primer lugar, se mostró que a esta edad las relaciones en las citas eran de menor duración que las amistades estables del mismo sexo. La duración media de las relaciones románticas en este grupo era sólo de 3 a 4 meses, comparado con un año o más para las amistades del mismo sexo. Sin embargo, el contacto implicado en las relaciones románticas era mucho más intenso. Las personas jóvenes informaban que diariamente pasaban horas hablando cara a cara o por teléfono. FEIRING señaló también diferencias de género, muy similares a las encontradas en estudios de funcionamiento de grupos de iguales. Así, las muchachas recalcan la importancia de la revelación personal y el apoyo, mientras que losvaroneshacenhincapiéenellugardelasactividadescompartidasenlasrelaciones románticas. Además, es más probable que los chicos mencionen el atractivo físico como un factor en la satisfacción de la relación que las chicas.
Jóvenes y sexo seguro
No hay duda de que la llegada del fenómeno SIDA/VIH en la década de 1980 tuvo un profundo efecto en las actitudes hacia el sexo, así como en el propio comportamiento sexual. En primer lugar, se hizo evidente para todos que el sexo sin protección podía tener consecuencias terribles. Por supuesto, las había tenido siempre, tanto procedentes de las enfermedades de transmisión sexual como del embarazo. Sin embargo, de algún modo, el concepto de que un individuo podía morir a causa de un encuentro sexual casual tuvo un efecto de escala completamente diferente a todo lo que había sucedido antes. Se aportaron enormes sumas de dinero para nuevos enfoques de la educación sexual, así como para iniciativas de investigación destinadas a estudiar el comportamiento sexual y los estilos de vida de muchos grupos, incluidas las personas jóvenes. El efecto del pánico al SIDA/VIH en los adolescentes lo han documentado muchos autores, incluidos AGGLETON y cols.(1991), WILLIAMS y PONTON (1992) y MOORE y cols.(1996).

Varios estudios han intentado identificar los factores de riesgo asumidos al practicar el sexo sin protección. Aunque la falta de conocimiento puede ser un factor, es probable que desempeñe un papel relativamente menor en el cuadro general (MOORE y cols., 1996). Más importante es la edad del individuo. WELLINGS y cols.(1994) comunican que cuanto más joven es la persona que practica la primera relación, más probable es que la realice sin protección. Así, en el estudio Wellcome, los resultados mostraron que casi la mitad de todas las mujeres y más de la mitad de todos los varones que practicaban el sexo antes de los 16 años probablemente no utilizaban anticonceptivo en la primera ocasión. Otros factores incluyenla falta de acceso a consejo sobre anticoncepción y la falta de confianza en poder adquirir u obtener preservativos. Los grupos que son particularmente vulnerables incluyen los que tienen problemas de comportamiento, carecen de hogar o reciben asistencia, o los que son propensos y a comportamientos de asunción de riesgos (FELDMAN y cols., 1995; CROCKETT y cols., 1996;BREAKWELL y MILLWARD, 1997). Sin embargo, quizá el factor más importante de todos sea el contexto social y psicológico de la actividad sexual temprana, y esto es lo que examinaremos ahora.
La manera más sencilla de comprender cómo se puede producir el sexo sin protección es considerar los requisitos para el uso de un preservativo. En primer lugar, es preciso adquirirlo y tenerlo disponible en el momento adecuado. Además, tiene que ser aceptable para ambos compañeros admitir que uno de ellos ha planeado practicar el sexo. Probablemente es necesario también poder hablar sobre el uso de un anticonceptivo y sentirse lo bastante seguros el uno del otro para arriesgarse a interrumpir la activación sexual. Además, por supuesto, todo esto supone que al menos un compañero es sensato y racional al comienzo del encuentro. Cuando eres joven, se inicia una relación, y no se está en absoluto seguro de la otra persona, apenas sorprende que en algunas situaciones no se cumplan todas estas condiciones.
Sexualidad lesbiana y “gay”en la adolescencia
Durante los diez últimos años ha habido un reconocimiento mucho mayor del lugar de la sexualidad lesbiana y “gay” en la adolescencia.
Se han utilizado los términos “gay” y “lesbiana” en lugar de “homosexual”, ya que generalmente se considera que entrañan evaluaciones más positivas de la conducta y de la identidad sexual enfocadas en el mismo sexo. Muchos análisis de esta materia incluyen además una consideración de los jóvenes bisexuales. Este tema es importante también, pues es evidente que los sentimientos de algunos jóvenes no están orientados necesaria o exclusivamente sólo hacia un sexo u otro. Hay algunos jóvenes que tienen sentimientos sexuales dirigidos tanto a hombres como a mujeres, y estos individuos pueden identificarse a sí mismos como “bisexuales”.

Una de las cuestiones clave con las que se enfrenta cualquier persona joven en esta situación es la homofobia. Aunque sin duda es cierto que ha habido cambios significativos de actitud entre los adultos profesionales, existe todavía un grado enorme de estigma asociado con la homosexualidad, especialmente entre los propios jóvenes. Así, una persona que comienza a sentir que puede ser “gay” o lesbiana tiene que desarrollar estrategias de afrontamiento para hacer frente a la hostilidad y la ignorancia que rodea esta materia. Por supuesto, la estrategia más común es mantener los propios sentimientos en la intimidad, y esto tiene implicaciones de importancia crítica para las personas jóvenes en esta situación. Si no existe un foro para hablar de la homosexualidad, y no hay un medio sencillo de obtener información sobre los estilos de vida “gay” y lesbiano, es natural que los individuos se sientan más inseguros e incluso confundidos y que además sientan que su sexualidad es “mala”o “equivocada”.
Las actitudes sociales hacia la homosexualidad tienen mucho que ver con los problemas de la revelación personal. En la investigación realizada por COYLE (1991) se puso de manifiesto que era muy probable que las primeras revelaciones realizadas por los jóvenes “gays” fueran a amigos íntimos, de cualquier género. Revelar la noticia a los padres y otros miembros de la familia es quizá el obstáculo más difícil, aunque COYLE comunicó que en la mayoría de los casos el resultado era que el joven se sintiera aliviado, y que los padres le tranquilizaran, en lugar de rechazarlo. La madre de un joven “gay” describe su experiencia como sigue:
“Así que se sentó y me dijo: ‘Tengo algo que decirte’ .Y yo le respondí: ‘Bien, ¿qué es?’ Y él comentó: ‘Tus dos amigos comprenderían’. Y entonces, de repente, caí en la cuenta de aqué dos amigos se refería: Eran los amigos ‘gay’ que teníamos. Y tan sólo le respondí: ‘¿De modo que piensas que lo eres?’ Y no utilicé la palabra. Y él contestó que sí. Entonces proferí: ‘¿Qué te hace pensarlo?’ Y él respondió:‘ Simplemente lo sé’. De modo que le manifesté: ‘Vale. Tú sabes que vale’. Y pude ver el alivio en su cara, el alivio absoluto en todo su cuerpo. Me dirigí a él y se echó a llorar. Lo rodeé con mis brazos y diciéndole: ‘No pasa nada, lo sabes, no te preocupes por eso’. Le especifiqué: ‘Te sigo queriendo, eres mi hijo, y nada va a cambiar mis sentimientos. No eres distinto ahora al de hace un minuto, antes de decírmelo, de modo que no pasa nada, no te preocupes’”. (Madre de dos muchachos, citado en COLEMAN, 1995.)
Sin embargo, hay personas jóvenes que, por supuesto, tienen experiencias menos satisfactorias al descubrirse a sus padres y, de hecho, algunos quizá no puedan hacerlo hasta bien entrada la edad adulta. El rol de los padres es crítico a la hora de permitir que el individuo acepte su identidad sexual. Existe de nuevo aquí una gran necesidad de abordar la ignorancia que rodea a esta materia, para que las personas jóvenes puedan revelar su sexualidad a los padres sin encontrar los estereotipos y el prejuicio todavía muy extendidos en nuestra sociedad.
Paternidad adolescente
Durante la última década ha habido un creciente interés por la cuestión de la paternidad temprana. Este fenómeno ha sido especialmente acusado en EE.UU., que ostenta la tasa de embarazo adolescente más alta del mundo, así como en Gran Bretaña, que posee la más alta entre los países europeos (COLEMAN, 1997a). Sin embargo, diversos factores entorpecen una comprensión clara de esta cuestión. En primer lugar, es equívoco hablar de paternidad adolescente como concepto general. Es evidente que la paternidad para un joven de 19 años es una experiencia completamente diferente que para uno de 14 ó 15 años. Sin embargo, es demasiado infrecuente que se reconozca la significación del estadio evolutivo del joven padre al analizar la cuestión. Aquí, nos referiremos sobre todo a los padres menores de 16 años. Un segundo problema es el proceso de formación de estereotipos que tanto ha afectado a los padres adolescentes poco más o menos durante la última década en Gran Bretaña y EE.UU. Cuando los políticos y otros comentaristas describen a este grupo como parásitos del Estado, o como individuos que recurren al embarazo para saltarse las listas de espera para la obtención de vivienda, se crea un clima que hace difícil considerar las necesidades de los jóvenes padres en una manera racional y constructiva.

Un tercer problema son los limitados datos de investigación disponibles sobre paternidad adolescente en el Reino Unido y en Europa en general. Aunque ha habido algunos buenos estudios, la mayor parte de la investigación sobre esta materia tiene su origen en EE.UU. Está claro que las poblaciones de padres jóvenes de países diferentes no son comparables, y existe un peligro real de utilizar conclusiones de un país y aplicarlas en otro. Un ejemplo de esto es que casi todos los estudios en Norteamérica se han basado en poblaciones afroamericanas; sin embargo, en el Reino Unido sólo un pequeño número de padres adolescentes procede de minorías (DENNISON y COLEMAN, 1998a).
El origen familiar de los progenitores adolescentes ha recibido menos atención, en términos relativos, que otros asuntos en este campo. Sin embargo, desde principios de la década de 1990, ha habido un interés creciente en este aspecto de la paternidad adolescente, y estudios en EE.UU. han comenzado a identificar el papel clave desempeñado por la abuela (CHASE-LANSDALE y cols., 1991; EAST y FELICE, 1996), mientras que DENNISON y COLEMAN (1998b) comunican el primer estudio de este tipo del contexto familiar de la paternidad adolescente en el Reino Unido. Hay varias cuestiones que deben tratarse. En primer lugar, surge la pregunta respecto a si la residencia conjunta, es decir, el que la madre adolescente y la abuela vivan juntas, es beneficiosa para la joven madre. En segundo lugar, podemos preguntar si la abuela puede ofrecer un modelo de rol valioso para la joven en los primeros estadios de la maternidad, y en qué circunstancias se proporciona mejor el apoyo.
Educación sexual efectiva
Parece apropiado concluir este capítulo con una consideración de la educación sexual, y examinar algunos de los aspectos en que se podría modificar para tener en cuenta las necesidades reales de las personas jóvenes. En primer lugar, está claro que la educación sexual no puede centrarse sólo en la biología. Aunque ésta debe ser un componente importante, lo que las personas jóvenes necesitan más son los elementos que se refieren al contexto social de la sexualidad, junto con las relaciones y la ética del comportamiento sexual. Enseñar la biología del sexo es relativamente sencillo, pero crear un programa de educación sexual que permita a los jóvenes explorar los dilemas y contradicciones inherentes en la conducta sexual, y desarrollar las destrezas de relación necesarias es mucho más difícil. Es esta dirección la que debería tomar la nueva reflexión. Un segundo elemento de la buena educación sexual tiene que ver con la importancia de tratar las necesidades tanto de los varones como de las mujeres jóvenes, así como las de las culturas minoritarias y las de “gays”, lesbianas o bisexuales. Por lo que se refiere al género, es un hecho que los programas de educación sexual rara vez consideran la significación de la buena comunicación entre los hombres y las mujeres, ni dan a los jóvenes una oportunidad para explorar las nociones convencionales de masculinidad y feminidad. Además, es casi seguro que los dos sexos necesitan cosas algo diferentes a las clases de educación sexual, de manera que puede haber necesidad para parte del currículum de grupos de un solo sexo para hacer posible un debate abierto. Por lo que a las necesidades de otros grupos se refiere, la clave aquí es que los programas de educación sexual se adelanten a reconocer las minorías y valorar sus experiencias.

Las necesidades de estos grupos no se pueden satisfacer a menos que estos jóvenes se sientan a salvo del prejuicio y la posibilidad de hostigamiento, sea de naturaleza racista o sexista. La responsabilidad de crear un ambiente seguro debe pesar sobre el profesional adulto. Un tercer factor que es esencial para una educación sexual efectiva es un reconocimiento de los diversos niveles de conocimiento entre los alumnos. Como se indicó antes, las personas jóvenes muestran una variación considerable en su conocimiento de la sexualidad. Tanto la edad como el género son factores, pero igualmente importante es el hallazgo (WINN y cols., 1995) de que los alumnos conocen más sobre algunas cuestiones que sobre otras. Así, la comprensión de la fertilidad por las personas jóvenes es relativamente mala a diferencia de su conocimiento del VIH/SIDA. Esta información debería inspirar los programas de educación sexual, y debería ayudar a los profesores a prestar más atención a la necesidad de evaluación.














